Últimamente estoy leyendo mucho (¡demasiado!) sobre emprendizaje, innovación, creatividad, actitud 2.0 y en fin, todas esas cosas que hoy día andan tan de la mano. Todo suena arrebatadoramente interesante, y me siento identificado con muchas de las posturas, técnicas, filosofías y tendencias que he ido descubriendo, pero… llega un momento en el que te paras, medio alelado tras una avalancha de enlaces o twitts apabullantes, o de textos como este…
… y dan ganas de salir corriendo al desierto más cercano. Porque si tengo que ser a la vez proactivo, rompedor, desestructurado, eficiente, móvil, imprescindible, asertivo, enérgico, ágil, innovador, tenaz, smart, incansable, sorprendente, metódico, visionario, hiperconectado, abierto, y por tanto dedicarme a romper moldes, surfear la cresta de la ola, adelantarme a la situación, poner en duda las bases, redefinir e innovar ya mientras desayuno y dejar al resto del mundo sin respiración… francamente, no sé si me va a dar tiempo para ser humano.
Uno acaba sintiendo una especie de exigencia de brillantez que no ayuda nada a vivir bien. Si el renacimiento trajo la (discutible) idea de que la genialidad era cosa de cada individuo, últimamente parecen hacernos creer por todos lados que la innovación hay que beberla y sudarla cada día como el agua, casi sin darnos cuenta y a litros. ¿Dónde queda el conocimiento tranquilo y el buen hacer del artesano? ¿Y qué si quiero ser un tipo sencillo por un rato? ¿Es realmente tan peligroso quedarse parado? ¿Y si un día me levanto poco creativo, y decido trabajar en algo más monótono o menos arriesgado? ¿No vale? ¿Y si renuncio a intentar cambiar el mundo por una semana, o un año, para vivir una experiencia vital de otro tipo y seguir construyéndome como persona?
Cito una frase del artículo de donde saqué la imagen de arriba, pero cambiando el énfasis a otra palabra:
¡La SOBREDOSIS de inspiración y motivación que todos necesitamos de vez en cuando!
Sí, sobredosis. Y lo de que la necesitemos, pues es posible, pero muy de vez en cuando, como catalizador pero no como combustible. Yo ya tengo mi moraleja personal: empápate de todo eso, pero ten a mano una toalla para secarte. Lee y aprende lo que quieras, pero cuidado con los empachos vitales, o acabarás deseando convertirte en un anacoreta para compensar.
Ni tanto ni tan poco; el equilibrio, el camino del medio, sigue siendo mi vía preferida. Y hablando de equilibrio: leer The Laws of Simplicity o Zen Habits resulta que no compensa la sobredosis de complejidad de lo demás. Incluso simplificar es complejo hoy día, y más si se hace como imposición teórica, de modo que la única solución real es ponerse a hacer otras cosas, y dejar la teoría para ratos sueltos. Nada nuevo, por otra parte, pero tenía que decirlo.